¿ES LA LIBERTAD COMPATIBLE CON LA SALUD?

Los cambios que el coronavirus ha provocado no se disiparán fácilmente. Parece que muchos hayan olvidado la gravedad de la situación y hayan salido a las calles sin mascarilla y a montones; pero estos son la excepción, no la regla. La preocupación prevalece, lo que hemos aprendido también, y puede que haga falta más que una vacuna para que esto se olvide. Frente a esta situación surgen muchas preguntas: ¿han cambiado nuestras prioridades?¿volverá nuestra libertad a ser la que era?¿es la libertad incompatible con la salud?¿nos regiremos por las mismas normas a partir de ahora? ¿cómo será el futuro? Y lo que es más importante ¿cómo queremos que sea?

Debido a la emergencia sanitaria nuestras vidas se han visto obligadas a frenar en seco, o, al menos, a virar bruscamente. Se han impuesto unas restricciones que le han dado al Estado un poder que nunca antes había tenido que ejercer, y se ha visto obligado a anular nuestra libertad por el bien común. Pero se han tomado las medidas que eran necesarias, se ha priorizado la vida frente a la acelerada rutina a la que tendíamos. Haciendo que nuestras percepciones  cambiaran y que lo que antes parecía  cotidiano hoy sea un privilegio. Estamos aprendiendo a vivir bajo ciertas normas, para evitar un rebrote catastrófico y no tirar por la borda el trabajo de miles de sanitarios. Es por ello que el Estado de alarma ha sido necesario; sino, muchas personas no hubieran respetado las normas. Tal vez lo hubiera hecho la mayoría, pero la minoría habría sido mucho mas ruidosa. Por ejemplo, con una sociedad anarquista, nos habríamos tenido que fiar de que todos los ciudadanos hubieran sido responsables, y en una situación crítica, no podemos dejar esto a merced de la suerte. Por lo que un Estado fuerte ha sido necesario para cuidar de la salud.

Sin embargo, la libertad es igualmente necesaria. Salud y libertad no deberían ser incompatibles. Se ha dicho que la soledad es otra “epidemia” del 2020 porque esta afecta a la salud mental, la cual, aunque muchas veces se deja de lado, debería ser un prioridad a la hora de establecer las normas. Se habla de la importancia del estado de alarma para que la epidemia se controle y que la salud de las personas no empeore, pero no se piensa en que la salud mental es igualmente salud, y esta está anexa a la libertad. Hay muchas personas que no saben vivir encerradas en casa, les agobia, les estresa. No estoy diciendo que un control del virus no fuera necesario, pero creo que se debería haber valorado más el aspecto psicológico.

Sé que ambas ideas, la de la necesidad de el Estado de alarma para controlar la situación y cuidar de la salud física, y la de la libertad para cuidar la salud mental suenan contradictorias, sobre todo, si son en ellas sobre las que se debe erigir la organización de la sociedad. Pero la clave está en encontrar un equilibrio entre ambas, un equilibrio entre control y libertad. En varios países asiáticos como explica el filosofo Byung-Chul Han, se controla a los ciudadanos tecnológicamente a niveles que a nosotros nos suenan a distopías inventadas. Pero, tal vez, sea preferible, parte de ese control tecnológico a estar aislados, arruinándonos y sin nada que hacer. Déjenme que me explique, el estado de alarma ha sido necesario en un primer momento para controlar una pandemia que llegó antes de que nos diéramos cuenta, pero, cara al futuro, no sabemos cuanto aguantará la gente con esta forma de vida (frente a un rebrote, una mutación o complicaciones al encontrar la cura). Si volvemos a la normalidad, sería mejor poder predecir la situación a volver a vernos envueltos en esto de golpe. Más vale prevenir que curar, y esto puede hacerse mediante algunos métodos usados en Asia. Está claro que estos no pueden inmiscuirse en nuestra vida privada, o convertirnos en una sociedad con puntos donde el estado sabe tus ideales u aficiones y puede sancionarte por estos (como allí sucede). Nuestra libertad ha de perdurar como había sido hasta ahora. Sin embargo, sería favorable que se estableciera un sistema donde tecnológicamente se te dijera, por ejemplo, si has estado en contacto con alguien que tiene coronavirus, o si a tu lado se sienta alguien con una temperatura corporal sospechosa.

Y, aunque de miedo que la tecnología tenga tanto poder, en el futuro más inmediato, esto podría ayudarnos a mantener la salud de las personas, sin necesidad de volver a separarnos de la libertad.

En conclusión para que en un futuro podamos predecir una situación como esta de modo que nuestra libertad no quede tan restringida, se debería optar por un estado donde se controlara cualquier posible foco de infección tecnológicamente. Porque el coronavirus ya nos ha arrebatado suficiente tiempo, y no solo a personas encerradas en casa, sino a personas con una vida por delante y que ya no están con nosotros.

Carla Q.

1º bachillerato

ANCLADOS

Pandemia y crisis global por un nuevo y contagioso virus, que parece decidido a devastar todo lo que nos importa: sanidad, sociedad y economía; y sin embargo salvar aquello que nosotros estamos matando: la naturaleza. Los tiempos de crisis son momento de autorreflexión y crítica, de cambio y evolución, pero también de sacar los trapos sucios y discutir.

Ahora más que nunca, ante el CoVid 19, queda descubierta nuestra verdadera faceta; y desgraciadamente el egoísmo y el individualismo priman. Aunque bien es cierto que también los casos puntuales de solidaridad se acentúan; a grandes rasgos el colectivismo y la conciencia social parecen no existir, ni de manera natural en nosotros, ni a costa de la educación recibida.

Este virus afecta de manera directa a los más débiles en salud. Cosa que en nuestro país, al menos, parece no alarmarnos hasta que afecta a alguien de nuestro entorno. Esto en parte se debe a la cultura y tradiciones del Estado, que además son determinantes en la toma de medidas de los gobiernos.

En Asia la pandemia se está controlando mucho mejor que en Europa. La mentalidad autoritaria y la confianza en el Estado permiten un uso de la tecnología que prácticamente elimina la privacidad del ciudadano, pero que favorece considerablemente al control del virus.

Mientras tanto en Europa, y más concretamente en España, se desconfía en los gobiernos y el virus parece avivar las disputas y el odio entre nosotros y hacia nuestros gobernantes. Tensiones ancladas a modelos de soberanía pasados resurjen. Nos atacamos y culpamos por la situación; y en lugar de estar más unidos que nunca, nos disgregamos.

No tenemos conciencia de sociedad y no creo que la vayamos a tener hasta que suceda algo que nos afecte personalmente a cada uno de nosotros. Por lo que creo que el coronavirus no será el propulsor de un cambio, ni mucho menos de una evolución; seguimos estando anclados al pasado y así no podemos avanzar.

Martina F.

1º bachillerato